Vértigo

Los conocidos nos ayudan a confrontar lo que somos, lo que hemos sido. Su compañía nos anima a escrutarnos por si es posible averiguar qué es lo que hemos hecho con toda la fuerza y la energía de la que disponíamos para vivir. Nos hacen reflexionar sobre nuestros proyectos y nuestras aspiraciones. Están ahí para compartir con amor  o con indiferencia nuestros errores.

Salto

Si nos reconocemos en su expresión, en ocasiones, podemos asumir que el paso del tiempo en nosotros, con sus millares de horas, fue veloz o violento, hasta asolar la identidad, dejándonos aún todo por hacer.

Y puede que nos sintamos como un árbol abatido que trepida para arraigarse en tierra y  mantener su verticalidad. O puede que nos vislumbremos como un propósito a punto de ser fulminado, a cada instante, para que lo más esencial y valioso, que es lo que somos, no se manifieste con demasiado vigor, esperando un nuevo impacto que nos salve de quedar vencidos y resignados. Anulados por todo lo que queríamos que fuera de nosotros, sepultados en débiles y vagas pretensiones.

A veces no hay nada por mostrar. A veces solo estamos nosotros en lo logrado pero es que eso es suficiente: Estar, asentados sobre nada, carentes de cimientos sólidos que nos sostengan. Con la impresión del vértigo, sin ser más que un propósito radiante, a punto de ser manifestado, en su principio y hasta su fin, con ánimo de fulgurante potencia que nos cale hasta asolar la identidad, dejándonos aún todo por hacer.

Ex aequo et bono.

La palabra justicia es definida por la RAE, en su primera acepción, como el “principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde” y como sinónimo de equidad,“cualidad que consiste en dar a cada uno lo que se merece en función de sus méritos o condiciones”. Se actúa, por tanto, con justicia, cuando hay una atribución o distribución por la que se le da a alguien algo que merece o cuando se le restituye algún bien o derecho del que ha sido despojado. Es decir, cuando se es premiado con algo ( bienes, derechos, privilegios) por tener méritos para ello (decisión que puede ser arbitraria y, por tanto, injusta) o se mantiene la situación, el bien o el derecho que se tenía anteriormente y del que había sido privado. En ambos casos consideramos que se ha hecho justicia: se ha modificado o revertido una situación que era injusta y un sujeto recupera lo que había perdido o ha habido una mejora porque recibe algo que considera que debe recibir por sus cualidades y se considera adecuado, se refrenda socialmente y se estima que es conveniente que sea así en casos semejantes.

Las situaciones descritas son casos concretos en los que es posible ordenar la realidad de modo que sea aceptable o satisfactoria para quien manifiesta disconformidad y reclama “justicia” de un tercero (que puede ser un sujeto o una institución) con poder para efectuar tales cambios.

El concepto de justicia es un término abstracto que hace referencia a un estado de conformidad al que puede llegarse partiendo de una situación que se considera inmerecida – bien porque se ha sufrido un daño, un perjuicio o bien porque existe una carencia inaceptable – modificando el estado de las cosas. Puede entenderse como un modelo que obliga a una disposición de la realidad más favorable para aquellos que la solicitan y que hace posible la corrección de desequilibrios y el logro de la estabilidad y la armonía.

Como representación de un ideal promete un estado de cosas o un orden que, teniendo en cuenta cómo es el mundo, no es posible lograr en innumerables casos. Es necesario tener en cuenta que la cualidad de justo no parece ser un atributo innato del ser humano; de lo contrario, no sería necesario que, en todas las sociedades, se demandara y se necesitara a personas u organizaciones especializadas en dirimir conflictos. Se considera, por tanto, ser justo como actuar con razón, de modo acertado o para el mayor beneficio de todos, y en caso de conflicto, analizando los hechos y teniendo en cuenta toda la información disponible con el fin de discernir qué es lo que ha sucedido y cómo debe de solventarse cualquier disputa para el bienestar de las partes implicadas.

¿Siempre que interviene un tercero en la resolución de un enfrentamiento en el que las partes reclaman justicia tiene el conocimiento suficiente y las cualidades necesarias para poder aplicar justicia? ¿Es posible ser justo sin tener una perspectiva neutra y tendente a la equidad o la imparcialidad? Si quien debe juzgar no es equitativo por negligencia o incompetencia impedirá que, incluso siendo posible, pueda hacerse justicia.

Hay situaciones y estados que no son reversibles. A veces no es posible una total reparación de los agravios y además del perjuicio material o personal puede haber un daño moral que, por subjetivo, no es fácil cuantificar. En todos estos casos hay una parte que no quedará resarcida porque la situación no volverá al estado anterior o porque no es posible compensar la falta de bienes o de personas por ser insustituibles. Se produce, entonces, una pérdida que no es subsanable y, aunque trate de compensarse el daño ocasionado, no puede lograrse la satisfacción de las partes implicadas.

Diké, diosa Justicia.
Diké, diosa Justicia.

En nuestros comienzos como seres pensantes, la fuerza era ley y la desigualdad el resultado de la pugna entre individuos por la posesión de la tierra como garantía y medio de subsistencia. Nuestra posición actual no deja de ser la suma de muchas injusticias, por lo que es posible considerar que ninguna situación actual es justa, que nadie tiene lo que realmente merece, que no existe una forma completamente eficaz de alcanzar esa quimera.

No parece que la justicia esté presente en el modo de actuar de la naturaleza que con su fuerza ciega se aniquila a sí misma. Tampoco se puede afirmar que las acciones o cualidades que se consideran buenas porque benefician y porque son útiles a los demás sean siempre recompensadas ni las negativas castigadas, incluso existiendo leyes para tratar de conseguirlo en ambos casos.

Las leyes no son más que el modo de acomodar las relaciones y el mundo a los designios humanos que pueden ser tan despóticos como razonables. La justicia es un arquetipo que aquieta al hombre en su búsqueda de completud y que se traduce en una rudimentaria respuesta a su reclamo de bienestar y de orden, de un mejor orden. Sabiendo que la perfección humana solo es una tendencia, la palabra se concibe con la misma grandeza que se concibe un desmedido ideal, igual que se imagina el hombre a dios: Esperando que baje a la Tierra y, aunque sea mediante nuestra intervención, mitigue nuestras aflicciones, ponga fin a nuestras preocupaciones y resuelva todos nuestros problemas.

¿Masa instruida o ciudadano marginal?

La sociedad nos asigna e impone, sutil y subliminalmente, los roles que es deseable desempeñar, los estereotipos de los que debemos prescindir, las creencias a las que debemos renunciar. Modas y doctrinas. La libertad real es restringida en favor de una libertad inexistente que solo es asible como concepto.

Con descaro y sin vergüenza, sinvergüenzas,  nos manipulan hipócrita y despiadadamente.

Y, al final, ¿No somos más que una masa dócil e ignorante? ¿No somos más que el vulgo engañado que costea los caprichos de la autoridad? ¿No somos más que borregos sometidos a los designios de quien solo atiende a su interés propio? Timoratos y silenciosos no osamos quejarnos ni mucho ni muy alto, para que no dejen de considerarnos ciudadanos. Y acabamos no siendo más que sugestionables sujetos que participan en la simulación de la delegación de un poder que no se tiene.

Constantemente se nos instruye sobre cómo es conveniente ser, sobre qué actitudes tenemos que evitar o qué deseos debemos sacrificar para no ser relegados al margen. Se nos educa con el recelo de no ser aceptados o queridos si no permitimos ser modelados a idea de otros que nunca actúan como predican:

¡Ay del exiliado!,

qué miedo el ostracismo,

qué temor la soledad.

Rebaño de ovejas

Quien es libre no teme seguir su propia vía, asumir sus decisiones, cuestionables o incomprensibles; quien tiene coraje triunfa, por sus propias fuerzas, con la virtud y con atrevimiento, contra la fuerza de lo convencional. Se reconoce igual a los otros y, por ello, defiende la posibilidad de que existan las creencias, las opiniones diversas y acoge lo diferente y actúa solidariamente, abandonando el rebaño y los caminos viejos. El ciudadano que es libre es, ante todo, fiel a sí mismo y actúa siempre con el coraje y la coherencia de ser quien realmente es.

Escombros

No es recomendable albergar expectativas sobre uno mismo, sobre los demás, sobre la vida. Puede que los pronósticos más favorables no se cumplan, que lo bueno no ocurra, que lo que anhelamos no suceda y que las cosas no nos vayan bien.

Cuando los proyectos se frustran es probable el enojo y es comprensible el dolor. Aparecerán la molestia y una tristeza que aplaca el brío de nuestras aspiraciones. La decepción y el fiasco nos anegan, el desconsuelo se hace presente cuando el endeble castillo de lo ideado se nos derrumba y de las ilusiones, de los sueños, no  nos quedan más que escombros.

Es necesario ser paciente, buscar entre las ruinas, salvar el espíritu, limpiar de tierra y de cenizas lo querido, vislumbrar nuestro deseo con luz. Con más luz.

Esperar a que renazca imbatible por ser más puro.

Por quedar en nada.

Cristales rotos

El pueblo de los tiranos.

En las democracias emergentes, vulnerables por la mansedumbre y por la ausencia de crítica y reprobación, por el desinterés de sus ciudadanos, es fácil que aparezcan líderes que apelan al pueblo y que lo embaucan con diatribas y soflamas que no son más que mentiras. Se aprovechan de la necesidad, se benefician de la ignorancia, considerando al pueblo que adulan solo un medio para llegar al poder.

Tomadas las instituciones, gracias a la confianza de las masas a las que se arrebata su soberanía con engaños, es necesario subvertir el orden democrático, utilizar la ley a su favor -despojándola de su propósito- volviéndola contra el pueblo al que se traiciona. Se acaba así con la separación de poderes y se inicia la demolición de todas aquellas figuras, de todos los organismos que fiscalizan y controlan el poder para evitar su abuso, que sirven de garantía en democracia. El dictador se asegura apoyos, defensa y lealtad con corrupción y con miedo.

El populista, transformado en tirano, ya no oculta que desprecia al pueblo, ya puede olvidar sus promesas. Se mantiene a perpetuidad aniquilando y purgando a cualquier disidente. Subyuga, reprime, asesina e instaura un régimen de terror para evitar ser derrocado. Aplica medidas injustas, restrictivas, absurdas que solo generan hambre y miseria. Jamás se somete a sus propias leyes, disfruta de la opulencia y del lujo, vive del dinero común, expolia, mata, maltrata, humilla.

Lejos, muy lejos, está lo anterior de las democracias en las que la política es la digna tarea de servir a los ciudadanos, de defender sus intereses y su bienestar, con honestidad y con transparencia. Los ciudadanos son sujetos de derechos y obligaciones, la ley es clara y garantía porque limita el poder para evitar su abuso. Se disfruta de una amplia libertad y los recursos se destinan, de modo transparente, a los diferentes servicios públicos que facilitan la vida y procuran que sea más fácil, más feliz y más decente: educación, sanidad, defensa, justicia, vivienda, transporte…

Destacan la formación, la responsabilidad y la coherencia de los políticos. La supervisión, implicación y compromiso de los ciudadanos. El buen funcionamiento de las instituciones, la buena salud democrática.

Democracia es el gobierno de los ciudadanos y la gestión de sus asuntos por los ciudadanos. En las tiranías hay pueblo, pueblo sometido y desdichado. Es inaceptable que sigan existiendo regímenes dictatoriales, es inadmisible que sean los albores del siglo XXI y el hombre aún sea oprimido por el hombre.

Afortunadamente la memoria que condena las atrocidades del fascismo está viva. Traer su doloroso recuerdo a nuestro presente evita que tal horror pueda repetirse en el futuro. No sucede lo mismo con el comunismo, habitualmente se omite su historia que es igualmente cruenta, legitimando la existencia, en la actualidad, de dictaduras basadas en los mismos dogmas y que atentan gravemente contra los derechos humanos.

Descendientes del alga azul

El homo sapiens, que surgió del fondo de los mares, no es más que la evolución de un alga azul. No es más que el perfeccionamiento de una simple bacteria.

En su arrogancia, en su sentirse superior al resto de seres, en el olvido de sus orígenes, cree mantener una posición privilegiada en el mundo, en el universo.  Considera que posee un propósito diferente a, después de nacer, crecer, reproducirse y expandirse: un objetivo que es tan parecido y tan meritorio como el de cualquier microscópica bacteria.

Cianobacterias
Cianobacterias

El organismo terrestre más complejo ha ido desarrollando funciones encaminadas a dominar el espacio y acumular recursos para garantizar su supervivencia. Funciones, entre las que se encuentran el lenguaje y la inteligencia – que manifiesta el desarrollo del pensamiento- que no son más que medios destinados a mejorar su resistencia, medios para conocer el entorno, instrumentos efectivos para crecer, reproducirse y expandirse. Son acciones que constituyen el mejor modo de adaptarse al medio, de perdurar en él, sin más pretensión y tan valiosas como las que utiliza una ínfima bacteria para constituir un imperio e ir más allá, colonizar otros cuerpos, alcanzando así territorios ignotos.

¿No será que el ser humano es algo más complicado, más grande en su tamaño, pero no es mejor ni tiene cualidades más loables ni tiene designado un destino más noble que el alga azul de la que procede?

Devoradores de libros

Libros y manzanas

Saborear las palabras, degustar los significados; apreciar la textura del verbo, la deliciosa mezcla de designaciones, con dulces calificaciones, con amargos epítetos hasta captar el recóndito propósito de cada escribiente.

Digerir la letra, extraer cada sentido, destilar la imagen, absorber el símbolo. Disolver largos párrafos, innumerables frases, breves sentencias y asimilar lentamente cada idea hasta que se haga piel nuestra.

Ser lo leído, percibir hasta las vísceras, alimentarse de lo que ha sido dicho por los otros.

Impregnarse del pensamiento ajeno contenido en cada libro y ser medio de una noción del mundo, esencial o insustancial, que libremente se propaga de cabeza a cabeza y a través de tinta y de papel.  

Justamente

Bálsamo para sufrimientos, cese de cada deseo, tierra que va retornando a la tierra, la ausencia que se siembra por la lucha y se vuelve astilla que tristemente me rompe.

Ramas.

Duelo presentido, paz repentina e incesante, un final con lacerante verbo que desangra una insondable aflicción latente.

Amparar la muerte y no inmutarse ni ante el terror de la palabra sentida ni por sentir estar dejando de ser sino para acoger justamente la vida. 

Silencio y ruido

Ser como una estatua que solo dispone de un sentido y se resigna a ver el transcurrir del tiempo. Estar, al igual que un dique, evitando toda acción por detener al error, al dolor y al miedo. De piedra, aminorando el daño, impidiendo el roce. Inmóvil, negando el cambio.

En silencio, en quietud como el árbol o las rocas, para que el sentir y el pensar sean torrente y torbellino, furia, clamor, movimiento. Libre impulso. Fuerza que arrase al error, al dolor, al miedo. Avance y pura existencia.

Rendirse, desistir, dejar que acontezca la vida y que sea el lapso en el que ser y estar plenamente.  

Estatua femenina

Invisible

Antes de ser, flor, la idea de la flor ya estaba presente en lo abstracto, en la semilla y era posibilidad y preexistía en lo invisible.

Flor universal y eterna conformada por todas las flores.

Flor de cerezo
Flor de cerezo

La idea de la flor en sí se va haciendo cada flor, fulgente y efímera.

Y, tras la flor, siendo de nuevo la tierra y el abono, permanecen la imagen y el perfume en la memoria

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